miércoles, 15 de febrero de 2012

"No es la muerte la que nos iguala a todos. Sólo nos iguala el amor, cuando surge y desarma."

"... Cuando tenía 13 años, descubrí con sorpresa que los adultos, segun constaba en la literatura clásica que enconces devoraba, sufrían y enfermaban de amor.

Lejos de encontrar disfrute en los brazos de sus bienamados y bienamadas, los héroes y heroínas de mis novelas preferidas se despredían poco a poco de cualquier indicio de sensatez y equilibro, hasta perder, hacia el final de la novela, su dignidad y hasta su vida. Entonces, ¿para qué amaban? (...) Todos pasaban de ser personas sobradas que creían que lo tenían todo a constatar de la noche a la mañana que nada de lo suyo les importaba. Parecía una locura. Una frase descubierta al hilo de mis lecturas confirmó mis sospechas: Un seul être vous manque et tout est dépeuplé, aseguraba el poeta. Con todos los problemas de sobrepoblación que nos describía en detalle cada jueves por la tarde el profesor de ciencias sociales, declarar con tanta seriedad que la ausencia de un solo ser - ¡un solo ser!- podía vaciar el mundo entero de contenido y de sentido me pareció un perfecto dislate que confirmaba la deriva mental de mis atormentados personajes. ¡Con la de personas que hay en el mundo!, musitaba yo atónita. O se me escapaba el fondo de la cuestión o aquello no tenía sentido.

Y es que efectivamente no lo tenía, pero yo, que era ingenua y aún creía en la lógica de los adultos, intentaba dilucidar el transfondo del enigma. Me parecía importante porque intuía que el amor era una faceta inevitable de la vida que me atañería tade o temprano. Y a tenor de mis inclusiones literarias, más me valía estar preparada para lo peor. No podía ser que mis novelistas preferidos estuviesen todos locos de atar; sobre todo porque me constaba que en otros ámbitos lo que decían era sensato. Entonces. ¿por qué desvariaban tanto cuando tocaban ese asunto del amor? Madame Bobary sólo creía haber perdido algo, pero como Rodolphe en realidad nunca la quiso, ¿por qué sufrir? Lamentaba sinceramente no poder sentarme a hablar con ella xa explicarle de una vez por todas la naturaleza de su error.

Aquello sin duda no era amor, sino pura tontería. Y con el sentido común propio de los niños me prometí a mi misma solemnemente que nunca, jamás, lloraría ni sufriría por alguien q no me quisiera. Me parecía enconces, y me sigue pareciendo ahora, el colmo de la insensatez. Con una excepción. Una década desppués de mi ferviente promesa tuve ocasión de comprobar la solidez de mis convicciones. Me enamoré. No a medias, con cordura y ternura, como me había ocurrido hasta entonces, sino a lo grande y con un estruendo apocalíptico, a semejanza de mis héroes novelescos. Fue sublime. Y lo confieso: como todos ellos hice el más completo ridículo casi hasta perder la razón. Mantuve, probablemente gracias a mis sólidas disquisiciones filosóficas previas, la vida, pero comprobé en mis carnes que cuando te falta la persona amada, en efecto, el mundo se queda en absolutamente nada. (...) Como advertían mis novelas, no reparé en detalles mezquinos y amé donde no me amaban. Sin razón aparente y por un tiempo inmisericorde, me torné insegura, dependiente, pálida y desgraciada. Los clásicos habían acertado."

Elsa Punset

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